| Aprendiendo Matemáticas |
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“Imaginemos que se obligara a los niños a pasar una hora diaria trazando pasos de danza en papel cuadriculado y que tuvieran que pasar pruebas sobre estos ejercicios de danza antes de que se les permitiera bailar de verdad. ¿No sería de esperar que el mundo estuviera lleno de danzófobos?” Seymour Papert La cita anterior describe patéticamente bien lo lejos que a veces están los esfuerzos de lo que realmente se quiere lograr. Así de lejos se puede estar de las matemáticas mientras hacemos sumas y restas. Lo peor es que podemos creer odiarla o no poder con ella sin haberla siquiera conocido. Si tomáramos al azar un libro de matemáticas y comenzáramos a leer un capítulo cualquiera, no sería raro encontrar la siguiente secuencia: una definición más o menos formal, unas cuantas propiedades o teoremas con su correspondiente demostración o argumentación y, finalmente, ejercicios de aplicación. Belleza formal, podría decir emocionado algún académico. Pero, ¿de dónde salió esa definición?, ¿por qué se demostró ese teorema y no algún otro?, ¿a quién se le ocurrió y por qué?. Esas son preguntas que importan y que pocos se atreven a hacer. Si descubriéramos que esa definición tal vez fue el resultado de años de investigación e intentos por explicar algún fenómeno; si supiéramos que muchos de los llamados “ejercicios de aplicación” fueron motivación e impulso para sospechar que se podía demostrar tal o cual teorema, entenderíamos cuán lejos estábamos del verdadero mundo de la matemática.
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